Por un caballo blanco

Sobre “La palomilla salvaje”, de Gustavo Gamou

Por Daniel Contarelli

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“Se los prometo. Por la próxima hora, todo lo que oigan será realmente verdadero.” Orson Welles, F for Fake (1975)

Vemos a Reinaldo soplando las velitas, lo vemos trabajando, lo vemos rezando, lo vemos diciendo que lo que más quiere en el mundo es montar en un caballo blanco, en la pradera, con el último sol de la tarde. Es un sueño fantasioso, pueril, de tarjeta postal algo vulgar, si se quiere, pero es un deseo verdadero, de una persona real, que se nos presenta en toda su transparente ingenuidad ante la cámara.

Un momento. Verdadero, real, transparente… ¿No es demasiado? ¿No es para desconfiar? Estimado lector, ¿no siente que “acá hay un tipo que me está diciendo por escrito que en una película hay otro tipo que dice cosas y yo tengo que creer que todo esto es verdad”? Es verdad, es para desconfiar.

Reinaldo trabaja (mucho) como lustrabotas, de sol a sol, como nos muestran las imágenes de una puesta en escena. Pero no es así como quiere llegar al caballo blanco; a sueños fantasiosos, soluciones fantasiosas. El hombre pretende enriquecerse con algo que no sabe hacer y que quizás lo excede. Quiere ganar plata en el rodeo. Si, si, el rodeo, esa incomprensible manía de encaramarse en un toro salvaje para someterlo al poder y la voluntad del hombre todopoderoso. En este contraste se funda el conflicto del interesante documental de Gustavo Gamou.

Reinaldo no está solo. Su amigo José Alfredo, taxista, está dispuesto a participar de la palomilla. Así llaman en el norte de México a una pandilla, en este caso de jinetes de rodeo, pero también a un caballo muy blanco. José Alfredo se apunta por orgullo, por plata, por amistad. La película cuenta, en secuencias por momentos inquietantes, por momentos jocosas, las peripecias de estos dos personajes en busca de la gloria taurina.

Y digo bien, personajes, porque ambos (quizás Reinaldo cumpla mejor con su papel de personaje, redundancia intencional) están jugando a la propuesta del director. Ser filmado, saberse objeto de un relato, aunque sea documental, es suficiente como para construirse la imagen que cada uno quiere presentar ante la cámara. Werner Herzog, en conversación con Errol Morris, señala sobre su película Grizzly Man, que Timoty, el hombre de los osos, hacía hasta catorce o quince tomas de sí mismo, hasta lograr lo que quería; era absolutamente consciente de su papel.

Si Reinaldo y José Alfredo están jugando su papel, los caminos de uno y de otro se arriesgan en distintos sentidos, casi contrapuestos. El personaje de Reinaldo pertenece al reino de la fantasía, el de José Alfredo al de la realidad. El director toma cierta distancia de la(s) historia(s) y quizás lo hace para preservar la construcción narrativa, la invención de estos personajes; se ve claramente en las escenas intencionalmente montadas como las de entrenamiento en el estilo de Rocky y la del rezo, y otras decisiones discutibles como la de ocultar la situación de José Alfredo casi hasta el final. Pero dice Chris Marker, citado por Gérard Legrand en un artículo de Positif sobre F for Fake: “No tomamos parte en la vida de las personas que vemos en la pantalla; tomamos parte en la vida de sus imágenes.” Por eso yo me quedo con el caballo blanco.

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